México: sin impulso en tiempos de incertidumbre global
México EvalúaDurante años, México compensó su debilidad interna con inversión extranjera directa. Sin embargo, ese motor ya muestra agotamiento.
Por Jorge Cano (@Jorge_eCano) | Programa de Gasto Público
Publicado en: El Financiero
Durante años, México compensó sus debilidades internas con un motor externo: la inversión extranjera directa (IED).
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La lógica era sencilla: si el crecimiento no venía de dentro, vendría de fuera. Sin embargo, ese motor ya muestra signos de agotamiento. El nearshoring no está detonando un nuevo ciclo de desarrollo para el país, el orden internacional se fragmenta, el multilateralismo pierde fuerza y la geopolítica domina las decisiones económicas.
En 2024, la IED alcanzó 37.7 mil millones de dólares, 19 por ciento menos, en términos reales, que el promedio observado en el periodo 2012-2018. Los analistas encuestados por el Banco de México esperan una cifra similar para 2026.
La revisión del T-MEC tampoco traerá la certidumbre que muchos anticipan. No puede descartarse que el Tratado no se renueve, o se renegocie en términos menos favorables. Incluso en un escenario de continuidad del acuerdo, el carácter impredecible de Donald Trump implica más riesgo para la región. En un contexto donde México se está alineando a la geopolítica estadounidense —por ejemplo, imponiendo aranceles a productos chinos— apostar al mercado externo resulta cada vez más frágil.
El mal funcionamiento del motor interno
El problema se vuelve más serio si se observan los motores internos. Para septiembre de 2025, la inversión productiva del país cayó en un año casi ocho por ciento, de acuerdo al Indicador de Formación Bruta de Capital Fijo, del INEGI.
Empresas y sector público están construyendo menos fábricas, comprando menos maquinaria y postergando proyectos clave. Más preocupante aún, el nivel actual (101 puntos) es prácticamente el mismo de hace diez años. En términos sencillos, después de una década, México está invirtiendo casi lo mismo.
La inversión pública tampoco compensa esta debilidad. Para 2026 será apenas 2.5 puntos del Producto Interno Bruto (PIB), muy lejos del 4.5 alcanzado en 2014. El gasto en educación sigue en 2.92 por ciento del PIB, inferior al 3.5 de hace una década. Ciencia y tecnología, en los niveles más bajos desde 2012: tan sólo 0.17 puntos del PIB. Seguridad y justicia, con 1.56 del PIB e insuficiente para los altos niveles de violencia, nos ubica entre los últimos lugares de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
El Gobierno no está impulsando el desarrollo del país, pero sí el pago del servicio de la deuda (que está en máximos históricos para este siglo), las pensiones (el concepto del gasto que ha crecido más en los últimos años), y los apoyos a Pemex (que han sido improductivos).
El desaliento de los inversionistas
No sorprende, entonces, que en la encuesta de diciembre de 2025 del Banco de México, ni uno solo de los analistas del sector privado consideró que era buen momento para invertir, algo que no se observaba desde los meses más críticos de la pandemia. Además, 64 de cada cien encuestados —el mayor nivel desde 2022— anticipa una economía estancada. El mensaje es contundente: el ánimo del mercado es pesimista.
Este desaliento se refleja en que, para 2026, los especialistas prevén apenas 1.2 por ciento de crecimiento del PIB. Conviene recordar que se esperaba crecer 1.1 puntos en 2025, pero que el dato oficial se estima en apenas 0.37 por ciento. Dicho de otro modo, la economía prácticamente no creció. Para las familias no es una cifra técnica, significa menos empleos formales, ingresos que no alcanzan, mayor presión al gasto cotidiano y menos oportunidades para los jóvenes. Un país que no crece reparte escasez, no bienestar.
México no puede seguir basando su desarrollo en impulsos externos. En un mundo fragmentado e incierto, depender de ellos es una apuesta riesgosa. El país necesita fortalecer sus motores internos de crecimiento: mejorar la recaudación sin asfixiar a la industria, ampliar la base tributaria y enfocar el gasto público en educación, ciencia, salud, seguridad e infraestructura productiva.
Sin confianza, sin inversión pública estratégica y sin capital humano, no hay desarrollo posible. Fortalecer lo propio no es cerrarnos al mundo, sino integrarnos desde una posición más sólida.